Tom Wolfe: “La teoría de la evolución es un cuento”

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√     Vuelve el traje más famoso de la literatura con un ensayo contra las teorías de Darwin y la reedición de su clásico ‘Ponche de ácido lisérgico’.

√     Aquí habla de su fobia a las redes sociales, de su decepción con Obama y del porqué de su atuendo: “En muchos círculos, lo único que tienes que hacer para destacar es llevar corbata”.

 

«Es curioso que hoy en día, para destacar en muchos círculos lo único que tienes que hacer es llevar corbata, la gente te mira con cara extraña, es lo que me encuentro siempre». La voz de Tom Wolfe suena cercana al otro lado del teléfono y uno no puede evitar preguntarse si estará elegantemente vestido mientras atiende nuestra llamada desde su casa de Nueva York. Es el símbolo de una época que se ha ido: la del periodismo reposado, la de salir en busca de una buena historia y tener tiempo para profundizar en ella. «Voy a repetir lo que dijo Marshall McLuhan en 1968: una generación entera de jóvenes en Estados Unidos se ha criado viendo la televisión», advierte. «La televisión altera el equilibrio sensorial, vuelve a la gente primitiva. La gente primitiva no cree a nadie que les entrega algo escrito en una hoja de papel, asumen la trampa. Ellos sólo van a creer lo que la siguiente persona les diga al oído, aunque sea un cotilleo sin verificar»

P.  ¿Piensa que eso es lo que está sucediendo con las redes sociales?

     R. Son mensajes enviados por personas que tienen la esperanza de que alguien los leerá y que no suelen comprobar los hechos, por lo que cualquiera puede escribir cualquier cosa.

P.  ¿Y con el periodismo digital? Usted suele ser muy crítico en ese sentido.

     R. Es probable que haya menos noticias cubiertas hoy, con todos estos nuevos y diferentes medios de comunicación, que en 1955. No tengo ni idea de lo que se ha derivado de todo esto, pero es como tener a alguien susurrando al oído.

P.  Así que, pese a todo, ¿vivimos en la era de la desinformación?

     R. Pienso que los libros y la escritura se han vuelto menos importantes ahora.

La escritura sí que era importante en 1968, cuando Tom Wolfe (Richmond, EEUU, 1931) publicó Ponche de ácido lisérgico. Un ligero comentario acerca del libro, del que la editorial Taschen lanza una edición especial, basta para que empiece a rememorar aquel viaje que le llevó a escribir el que, probablemente, es uno de los mayores ejemplos del Nuevo Periodismo que, junto a Gay Talese o Norman Mailer, cultivó en los 60. «Me había enterado de que el escritor Ken Kesey estaba en México. Era la segunda vez que la policía lo buscaba por posesión de drogas y en aquel momento, en California, eso significaba una sentencia automática de cinco años», resuena su voz.

Era la época de la ruptura y la experimentación, de asumir riesgos e importar a la fría narrativa de los periódicos trazos de la literatura. Ken Kesey, el autor de Alguien voló sobre el nido del cuco -un texto que, según aclara Wolfe en su texto, fue escrito bajo los efectos del LSD-, volvió a San Francisco apenas dos días antes de que el periodista tomara un avión para reunirse con él en México. Allí fue detenido por algunos agentes del FBI. «Fui a visitarlo a la cárcel para una entrevista. En el pasillo había una docena de sus seguidores, que se hacían llamar merry pranksters [los alegres bromistas]. Yo no sabía nada de ellos y me di cuenta de que detrás de aquel hombre había una historia mucho más grande», continúa. Allí estaban ellos, el núcleo duro del movimiento hippie, esperando a que liberaran a su líder.

Kesey saldría de prisión bajo fianza algún tiempo después, dispuesto a embarcarse con los alegres bromistas en un viaje que los llevaría a recorrer Estados Unidos de costa a costa. Irían en un autobús escolar tuneado con pintura de colores llamativos y bajo los efectos de las drogas psicodélicas. «Me reuní con él y le pregunté si podía acompañarlos en su viaje. Pasé mucho tiempo con Kesey y sus bromistas en aquel autobús», añade Wolfe.

P. Durante todo ese tiempo que viajó con ellos, ¿probó la droga?

     R. Nunca tomé LSD. Muchas personas quedaron totalmente locas después de consumirlas, por eso decidí no probarlas nunca.

P. ¿Y cómo pudo hacer un retrato tan realista de la experiencia de los viajes?

     R. Descubrí que podía hablar con mucha gente que había tomado LSD. Algunos habían tenido resultados muy felices y, otros, desastrosos. Los que consumían de modo más o menos habitual tenían flashbacks y reviviscencias, ya habían pasado por todo eso con anterioridad. A veces sus mentes se perdían. Entrevisté a muchas personas y creo que hice un buen trabajo simulándolos.

El tonteo de Kesey con el ácido lisérgico surgió en torno a 1959, durante su época universitaria, cuando vivía en Perry Lane. Allí conoció a Vic Lovell, un joven licenciado en Psicología que le habló de ciertos experimentos que se estaban llevando a cabo en el Veterans Hospital de Menlo Park. Estaban estudiando las drogas psicomiméticas, o lo que es lo mismo, profundizaban en el funcionamiento de ciertas sustancias que producían estados mentales similares a la psicosis. Por 75 dólares al día decenas de jóvenes estudiantes vendían un rato de su tiempo a la ciencia y, sin saberlo, muchos empeñaban su futuro. «A largo plazo muchos de ellos rompieron las paredes de la autoridad que separan a los maestros de los estudiantes. No tengo ni idea de si eso era algo bueno o malo, pero entonces comenzaron a aflojarse las corbatas y el resultado es que ahora nadie lleva corbata», sentencia Wolfe.

Uno se pregunta si es por eso por lo que él nunca ha querido renunciar a su traje de color crudo, perfectamente planchado, a su camisa ligera y a su corbata bien anudada al cuello. Si en aquel viaje de autobús en el que los colores se saboreaban y los sonidos podían palparse, en el que no era recomendable beber más de un vaso de zumo de naranja porque estaba mezclado con LSD, en el que el olor a sexo y el éxtasis orgásmico se desprendían de los asientos, descubrió que nada tenía que ver con aquellos jóvenes y quiso marcar la diferencia.

La escritura de Tom Wolfe siempre se ha caracterizado por ese regusto ácido con el que ha sacado punta a absolutamente todo. Englobado por un tiempo dentro de una etiqueta que no le gustaba, la del periodismo pop, ausente de rigor y de importancia, Wolfe luchó por romper los estigmas de aquella generación. Y creyó que uno de los mejores modos era hablando sin tapujos y profundizando en temas de los que los medios arañaban sólo la superficie. Ha hablado de la izquierda y sus incapacidades –La izquierda exquisita-, de un arte contemporáneo que se convierte en una tomadura de pelo –¿Quién teme al Bauhaus feroz?-. Habló del narcisismo de los 80 –La década púrpura– y escribió la que, probablemente, es una de sus obras más reconocidas, La hoguera de las vanidades. Ahora, persiguiendo ese gusto por la crítica y el impacto, tratando de remover a unos y otros, acaba de publicar The Kingdom of Speech, un ensayo en el que rebate la teoría de la evolución de Darwin y en la que el filósofo y activista Noam Chomsky no sale demasiado bien parado.

P. ¿Por qué criticar una teoría tan asentada en nuestra sociedad como la de la evolución?

     R. Todo comenzó cuando estaba preparando un discurso en 2006. Había leído la famosa novela de Émile Zola, La bestia humana. Ese título está cogido directamente de una frase de la teoría de la evolución de Darwin -«la bestia humanidad»-. A lo largo de toda la obra se ve que Zola estaba muy influido por Darwin y me di cuenta de que, realmente, yo no sabía nada acerca de esa teoría.

P. Imagino que empezó a investigar al respecto.

     R. Comencé a leer un poco y cada vez tuve más la sensación de que eso era un mito. Un mito como el de Thor y Wotan. La teoría de la evolución no cumple con ninguno de los estándares para las nuevas teorías porque, para empezar, no es comprobable. La evolución significa que no puedes ver lo que sucederá a menos que vayas a vivir durante siete millones de años, no se puede explicar, es totalmente imposible. Si intentaras encontrar hechos que sean verdaderos, se anularía la evolución. No se han abierto nuevas investigaciones y no es una teoría comprobable.

P. ¿Cree que la teoría de la evolución sólo fue una especie de cuento que separaba ciencia y religión?

     R. Darwin, en su teoría, había aclarado que somos animales, simplemente más altamente evolucionados que otros. Ése era uno de los grandes choques de su teoría en el exterior porque la gente había crecido creyendo que los seres humanos eran almas de Dios y él decía que veníamos de los monos o algo peor.

P. Pero, al final, su teoría se asumió. Ahora nadie plantea que no vengamos de los monos.

     R. Creo que si la gente dejara de estudiar la teoría de la evolución no cambiaría nada en la ciencia. Pienso que ésa es la situación en la que estamos en este momento. Somos esclavos de una teoría que no tiene consecuencias.

P. Usted no es creyente, y tampoco confía en la teoría de la evolución, ¿qué opina entonces del surgimiento de la vida humana?

     R. No, yo no soy creyente, y creo que la teoría de la evolución es un cuento bien intencionado. Ha habido muchas teorías de cómo llegaron las criaturas a la tierra, pero una que se inició a principios de 1800 dice que las especies están muriendo constantemente y que otros toman su lugar. Asegura que no es porque los animales hayan evolucionado y tengan otras cualidades, sino porque la nueva generación se vuelve más popular.

Tal vez ahora las nuevas generaciones necesiten llamar más la atención que hace años para permanecer y encontrar su hueco o, simplemente, para labrarse un porvenir. ¿Y en política también sucede esto? ¿Se impone la ley del más fuerte o la del que más ruido hace? A escasos días de las elecciones norteamericanas, Hillary Clinton aguanta los duros golpes de su contrincante, Donald Trump, al que las acciones de su pasado comienzan a pasarle factura. Ganadora de los debates presidenciales, Clinton gana confianza, pero…

P. ¿Cree que está lista para gobernar?

     R. En el papel Hillary tiene la experiencia adecuada, pero se parece demasiado a una hoja en el viento, es demasiado sensible a las encuestas y a las opiniones sobre las acciones políticas. Es completamente diferente a su marido en términos de personalidad. Bill Clinton tiene la asombrosa capacidad de entrar en una habitación y apoderarse de ella con su sola presencia.

P. Unas dotes que le faltan a su mujer.

     R. Hillary Clinton no logró absolutamente nada en su carrera política, fue Secretaria de Estado una sola vez. Bueno, y recuerda el nombre de las esposas, lo cual es una gran ventaja. Sea justo o no, el poder de este país reside en hombres, las esposas no se convierten en candidatas.

P. ¿Deberían seguir gobernando los demócratas?

     R. No veo ningún motivo por el que deberían, no. La situación política está mucho más ecuánime de lo que probablemente veamos en el exterior. Al fin y al cabo los republicanos tienen la ventaja en el Congreso debido a que fueron elegidos por votación, sobre todo en la Cámara de Representantes.

P. Dice que no ve ningún motivo por el que deberían seguir, ¿cómo valora el papel de Barack Obama en estos ocho años?

     R. Obama es un presidente inactivo y de acción lenta, pero tengo la sensación de que no ha sido una mala estrategia. En Estados Unidos es más poderoso de lo que se dan cuenta los extranjeros y, de hecho, es sorprendente que habiendo logrado el gobierno, en lugar de devolver los golpes, tienda a no hacer nada.

P. Hombre, en ocho años, algo habrá logrado.

     R. No lo creo. Pero no es una mala estrategia. Quiero decir, ¿por qué hacer que te enreden cosas que no tienen ninguna consecuencia? El gran error de George W. Bush como presidente fue invadir Irak. ¿Por qué? No hubo ninguna razón a excepción de algunos falsos informes de inteligencia que aseguraban que eran terroristas.

P. ¿Qué opina de la agresividad de Donald Trump?

     R. Es un impávido total de quien nadie sabe qué esperar, pero se ha convertido en la persona más conocida de Estados Unidos. Cada revista lo tiene en su portada, cada programa de televisión, cada telediario. Puede que ya haya logrado lo que quiso al entrar en todo este asunto porque, sin duda, es la persona más conocida del país.

P. ¿Y si gana las elecciones, qué hará?

     R. Nadie tiene la menor idea, no tiene programa. Dice que quiere hacer unos Estados Unidos mejores, ¡qué programa más vago! Y creo que no es el único que no tiene nada claro… Es un megalómano, sólo quiere que la conversación sea sobre él. Como presidente podría hacer algunas cosas bastante extremas para mantener a la gente interesada.

P. El voto es secreto pero, ¿quién prefiere que dirija el país?

     R. Voto en cada elección y hasta este momento no tengo ni idea de lo que haré. Va a ser interesante ver lo que sucede. Trump ha conseguido gran cantidad de apoyos de personas que simplemente piensan que los demócratas no se enfrentan a los hechos. Por ejemplo, cuando dijo que no quería más inmigrantes ilegales mexicanos, mucha gente vio bien su postura porque piensan lo mismo, pero nunca se ha dicho nada sobre los inmigrantes que huyen de la guerra de Siria. Y, hasta donde yo sé, Trump nunca ha operado dentro de un contexto político.

Lejos quedan ya aquellos años de experimentación y viajes, precursores de un periodismo preciosista que se aproximaba a la novela, y aquel talento político de Bill Clinton. Pero ese inconformismo, que es en realidad su esencia, perdura en Tom Wolfe. «¿Entonces me llamas desde España? Es una pena que no sepa hablar vuestro idioma. Leí El Quijote hace muchos años, pero me hubiera encantado hacerlo en su lengua natal». Cervantes se lo perdonaría.

 

Tomado de: elmundo.es